Entra en la Mezquita-Catedral de Córdoba y mira hacia arriba. Un bosque de columnas, cada una distinta porque muchas se tomaron de edificios romanos y visigodos más antiguos, sostiene dos pisos de arcos rayados en rojo y blanco. Camina hacia el fondo y llegarás al mihrab que mandó hacer el califa al-Hakam II en el siglo X: según las crónicas árabes, el emperador de Bizancio le envió un maestro mosaiquista y unos 1,600 kilos de teselas para cubrirlo de oro. Vuelve al centro y estás dentro de una catedral renacentista, empezada en 1523, porque el edificio es iglesia desde que Fernando III conquistó la ciudad en 1236.
En un solo edificio están las tres tradiciones de esta materia: el arte de Bizancio, el arte del mundo islámico y el arte de la Europa cristiana latina. Durante unos mil años, más o menos entre el 500 y el 1500, las tres compartieron el Mediterráneo, comerciaron, guerrearon, se regalaron artistas y materiales y se disputaron edificios. Ninguna se entiende sola. Esta pieza no repite la historia de al-Ándalus que cuenta Al-Ándalus y la Herencia Árabe en el Español (06/07): toma sus edificios y te enseña a leerlos como los lee un historiador del arte.
- Quién la cursa
- Estudiantes de Historia del Arte en el segundo año; también estudiantes de Historia, Arquitectura, Estudios Árabes e Islámicos, Filología y Conservación y Restauración.
- Para qué sirve
- Para leer obras que se hicieron para rezar, gobernar y enseñar, no para un museo: saber qué preguntas hacerle a un icono, a una pared de yesería, a un portal románico o a una vidriera, y reconocer qué copió cada tradición de las otras.
- Viene después de
- Cómo mirar una obra de arte (34/99), Arte de la Prehistoria y la Antigüedad (34/100) (de Roma salen la basílica, el mosaico y la cúpula que esta materia hereda) y Arte de la América antigua (34/101).
- Lleva a
- Renacimiento y Barroco (34/103) y Arte virreinal: el barroco de las Américas (34/104), donde reaparecen los techos mudéjares. Se apoya en El mundo medieval, 500–1500 (34/93) y en Filosofía antigua y medieval (34/74), y el arte islámico continúa en Arte de Asia, África y Oceanía (34/105).
- Qué te da esta pieza
- No te vuelve paleógrafo, arabista ni restaurador. Sí te da un método para mirar nueve obras que puedes ver aquí mismo, los debates que la disciplina tiene abiertos sobre ellas y el vocabulario para seguir leyendo.
Tres mundos en el mismo mar
«Edad Media» es un nombre puesto después, por quienes veían esos siglos como un tiempo «de en medio» entre la Antigüedad y su propia época, casi un paréntesis. Y «gótico» nació como insulto: Giorgio Vasari, en sus Vidas de 1550, llamó a ese estilo una manera bárbara y lo asoció con los godos, a quienes culpaba de destruir la arquitectura romana. Quienes construían esas catedrales lo llamaban otra cosa: opus francigenum («obra francesa») u opus modernum («obra moderna»). Primera lección de la materia: las etiquetas de estilo son posteriores a las obras, y a menudo llevan un juicio dentro.
Segunda lección: los tres mundos se miraban. Bizancio fue el Imperio romano que siguió vivo en Oriente, con capital en Constantinopla, hasta 1453. El mundo islámico se extendió desde el siglo VII de Persia a la península ibérica y heredó a la vez de Roma, de Bizancio y de Persia. La Europa cristiana latina, fragmentada en reinos, miraba a Roma y a Bizancio como modelos. El interactivo pone, siglo por siglo, lo que hacían los tres al mismo tiempo.
Solo aparecen obras y hechos que trata esta pieza, con las fechas de las fuentes citadas al final. Un siglo vacío en una columna no significa que no se hiciera nada: significa que esta pieza no lo estudia.
Fíjate en los cruces. En el siglo X, un califa de Córdoba pide mosaiquistas a Bizancio; en el XIII, una mezquita se vuelve catedral; en el XIV, un rey cristiano de Sevilla, Pedro I, se hace un palacio con artesanos que probablemente le envió el sultán nazarí de Granada, y en sus paredes lo llaman «sultán». Las fronteras políticas fueron reales; las artísticas, mucho menos.
Bizancio: la cúpula que flota y el icono que te mira
En el año 532, tras una revuelta que quemó buena parte de Constantinopla, el emperador Justiniano encargó una nueva iglesia de Santa Sofía («Sabiduría Santa») a dos expertos en geometría y mecánica: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Se consagró el 27 de diciembre de 537. Su cúpula, de unos 32 a 33 metros de diámetro, se apoya en cuatro pechinas, triángulos curvos que permiten pasar de una planta cuadrada a una base circular; Santa Sofía fue uno de los primeros edificios en usarlas a gran escala. Un terremoto derrumbó parte de la cubierta en 558, y Isidoro el Joven la rehízo más alta y más ligera; se volvió a consagrar en 562.
Mira la base de la cúpula: una corona de cuarenta ventanas. La luz entra por todas ellas a la vez, y desde abajo la masa de ladrillo parece no tocar los muros. Procopio, el historiador de la corte de Justiniano, escribió que la cúpula «parece no descansar sobre mampostería sólida, sino cubrir el espacio suspendida del cielo» (Sobre los edificios, I.1.46). Ese efecto no es un accidente: es la idea. Un edificio para la liturgia imperial quería que el visitante sintiera el cielo encima, y lo consiguió con ingeniería.
Fíjate también en lo que ya no es del siglo VI. Los serafines de seis alas de las pechinas son de épocas posteriores (a uno se le volvió a descubrir el rostro en 2009). El medallón dorado del centro, con escritura árabe, es otomano: Santa Sofía fue mezquita desde 1453, museo desde 1935 y de nuevo mezquita desde 2020. Los ocho grandes discos caligráficos que cuelgan en la nave los pintó el calígrafo Kazasker Mustafa İzzet Efendi en la restauración de 1847–1849. Un edificio medieval casi nunca es «de» una sola época, y leerlo es separar las capas.
El otro gran invento visual de Bizancio es el icono: una imagen sagrada, normalmente pintada sobre tabla, que no es un retrato ni una ilustración, sino un lugar de encuentro. El fiel no mira el icono como se mira un cuadro: el icono lo mira a él. Uno de los más antiguos que se conservan es el Cristo Pantocrátor («todopoderoso») del monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí.
Usa la figura de arriba. Las lecturas del rostro son interpretaciones de historiadores del arte, y la pieza las atribuye.
¿Por qué hay tan pocos iconos así de antiguos? Porque Bizancio pasó por la iconoclasia («rotura de imágenes»): un primer periodo, entre 726 o 730 y 787, y un segundo, de 815 a 843, en que los emperadores prohibieron venerar imágenes y muchas se destruyeron. Los iconoclastas veían en la veneración de imágenes una forma de idolatría. Los defensores de las imágenes, con el monje Juan Damasceno a la cabeza (que escribía desde territorio del califato, fuera del alcance del emperador), respondieron con una distinción: no se adora la madera ni la pintura, sino a quien representan. El Segundo Concilio de Nicea, en 787, lo fijó así: a las imágenes se les da una veneración de honor, no la adoración que solo corresponde a Dios, y ese honor «pasa» de la imagen a su modelo. Recuerda la frase: ocho siglos después, el Concilio de Trento la repetirá casi igual (ver Renacimiento y Barroco, 34/103). El icono del Sinaí sobrevivió porque su monasterio estaba bajo dominio musulmán desde 640, lejos del poder de Constantinopla.
El islam: la palabra, la geometría y los límites de la imagen
Se suele decir que «el islam prohíbe las imágenes». Un historiador del arte lo matiza en tres pasos. Primero, el Corán condena la idolatría, pero no prohíbe de forma explícita representar seres vivos; las prohibiciones más estrictas vienen de los hadices (dichos atribuidos al Profeta), que los exégetas suníes leyeron cada vez más como absolutos a partir del siglo IX. Segundo, los espacios religiosos son, en efecto, anicónicos: en las mezquitas y en los coranes no hay figuras. Tercero, fuera de lo religioso, la figura humana y animal aparece una y otra vez:
- En Qusayr Amra (Jordania), un pabellón de baños construido entre 723 y 743 por el príncipe omeya al-Walid, las paredes tienen escenas de caza, bañistas y una cúpula con el zodíaco.
- La Píxide de al-Mughira, una caja de marfil tallada en los talleres de Madinat al-Zahra, junto a Córdoba, en 968 para un hijo del califa Abd al-Rahman III, muestra cortesanos, jinetes y la lucha de un león con un toro. Hoy está en el Louvre.
- En la pintura persa de manuscritos la figura humana es central, y algunas tradiciones representan incluso al Profeta, a menudo con el rostro velado o envuelto en llamas.
Además, la práctica varía: entre los chiíes y en las órdenes sufíes la actitud ha sido menos estricta que en algunas corrientes suníes. Así que la frase correcta no es «el islam prohíbe las imágenes», sino «el arte islámico religioso es anicónico, y el arte islámico en general no lo es».
Donde no hay figuras, ¿qué ocupa el lugar de la imagen sagrada? La palabra. El Corán es para los musulmanes la palabra de Dios, y escribirla con belleza es un acto devoto. Mira este folio:
Fíjate en cuatro cosas. El pergamino está teñido de azul índigo, y las letras son de oro (el círculo gris de la derecha es plata que se ennegreció, una roseta que marca el final de un grupo de versículos). La escritura es cúfica: angulosa, horizontal, sin los signos de las vocales; un lector moderno la descifra con esfuerzo, porque no está hecha para leerse rápido sino para contemplarse. Las letras se estiran o se aprietan para que cada línea llene el ancho de la página, como un tejido. Y el lujo es un mensaje: el pergamino teñido imitaba los manuscritos bizantinos de pergamino púrpura y buscaba superarlos.
Dónde se hizo el Corán azul es un debate abierto, y es un buen ejemplo de cómo trabaja la disciplina. Hay quien lo sitúa en la Persia abasí (lo dijo un marchante a principios del siglo XX, y una estampilla aduanera persa lo apoya); hay quien lo sitúa en Cairuán, porque aparece en el inventario de la Gran Mezquita de esa ciudad hacia el año 1300 y mover un manuscrito tan grande parece improbable (así lo sostienen Jonathan Bloom y Alain George); y la investigadora Arianna D'Ottone Rambach lo compara con la Biblia de Cava, hecha en la península ibérica en el siglo IX, y propone un encargo omeya en al-Ándalus. Cada hipótesis usa un tipo de prueba: el documento, el inventario, la comparación de estilo.
La otra gran herramienta es la geometría. En la Mezquita de Córdoba, iniciada en 785 por Abd al-Rahman I y ampliada por Abd al-Rahman II (833–848), al-Hakam II (desde 961) y Almanzor (987–988), el problema era técnico: con columnas reaprovechadas, demasiado bajas, ¿cómo se gana altura? La explicación habitual es que se apilaron dos pisos de arcos para ganar la altura que las columnas no daban.
Mira de abajo arriba. Las columnas no son iguales: unas más oscuras, otras más claras, porque vienen de edificios distintos. Encima, un arco de herradura (más de media circunferencia, que se cierra un poco al bajar) arriostra las columnas entre sí; sobre él, un arco de medio punto sostiene el techo. Las dovelas, las piezas en cuña de cada arco, alternan ladrillo rojo y piedra blanca. El resultado es un espacio sin centro, que se repite en todas direcciones: no hay un punto privilegiado desde el que mirar, como sí lo habrá en una iglesia renacentista. Esa repetición sin centro es una idea visual del arte islámico.
Cuatro siglos más tarde, en la Alhambra de Granada, la geometría se volvió superficie. La dinastía nazarí empezó el conjunto en 1238, y su gran época fue el reinado de Muhammad V (1354–1391, con interrupciones), cuando se hicieron el Patio de los Leones y la fachada de Comares.
Este fragmento contiene los tres lenguajes nazaríes. Abajo, el alicatado: piezas de cerámica vidriada cortadas una a una y encajadas como un rompecabezas, de modo que unas cintas parecen pasar por encima y por debajo de otras y forman estrellas. Arriba, la yesería: yeso tallado con hojas y tallos estilizados (el ataurique) y con bandas de escritura; en esta fachada hay un poema de Ibn Zamrak y el Versículo del Trono del Corán, y por toda la Alhambra se repite el lema nazarí, «No hay vencedor sino Dios». El color de los azulejos (azules, verdes, negro y ocre sobre blanco) contrasta con el yeso, que en la foto se ve color arena. Y el tercer lenguaje, que no se ve aquí, son los mocárabes: celdillas de yeso apiladas que cuelgan de techos y arcos como estalactitas.
Detrás de estos patrones hay una regla sencilla: se dibujan con regla y compás a partir de un círculo dividido en partes iguales. El interactivo construye esas estrellas y te enseña una ley matemática que los artesanos respetaban sin enunciarla.
Se divide el círculo en n puntos y se une cada uno con el que está k lugares más allá. Con n = 8 y k = 2 salen dos cuadrados cruzados, la estrella de ocho puntas que aparece en tantos alicatados. La última línea de la lectura aplica la «restricción cristalográfica», un teorema: un patrón que se repite en dos direcciones solo puede tener giros de orden 2, 3, 4 o 6.
De ahí sale un debate curioso. Durante años se repitió que la Alhambra contiene los 17 «grupos de simetría del plano», todas las maneras matemáticamente posibles de repetir un dibujo en dos direcciones. La matemática Edith Müller documentó doce en su tesis de 1944; el matemático Branko Grünbaum encontró trece en 1983 y, en un artículo de 2006 en las Notices de la Sociedad Matemática Americana, criticó la afirmación de los 17: el número depende de qué se cuenta (¿los colores de las piezas o solo su forma?, ¿un azulejo suelto o un muro entero?), y la cifra cambia según el criterio. Añadió algo que vale para toda la carrera: los grupos de simetría no significaban nada para los artesanos nazaríes, que pensaban en reglas de construcción y de color. Mirar el arte con las categorías de quien lo hizo, y no solo con las nuestras, es la lección.
El románico: muros gruesos y caminos de peregrinos
Hacia el año 1000, la Europa latina empezó a construir en piedra a una escala que no veía desde Roma. Al estilo de los siglos XI y XII se le llama románico (otro nombre puesto después, por su parecido con lo romano). Sus rasgos se entienden como soluciones: para cubrir una nave con piedra en lugar de madera, que se quemaba, hace falta una bóveda de cañón (medio cilindro) y unos muros muy gruesos que aguanten su empuje; por eso las ventanas son pequeñas y el interior es oscuro.
El gran motor fue la peregrinación. La catedral de Santiago de Compostela se empezó en 1075, bajo Alfonso VI y el obispo Diego Peláez, con el mismo plan que Saint-Sernin de Toulouse: una nave con bóveda de cañón, naves laterales con galerías encima, un crucero amplio y una girola (un pasillo que rodea el altar mayor) con cinco capillas que se abren hacia fuera. La girola es una solución de tráfico: deja que los peregrinos den la vuelta a las reliquias del apóstol sin interrumpir la misa. Su gran portada, el Pórtico de la Gloria, la hizo el Maestro Mateo con su taller; una inscripción fecha su terminación en 1188, y la catedral se consagró en 1211.
Dentro, las paredes estaban pintadas. El mejor conjunto conservado de pintura románica no está en Santiago sino en un valle del Pirineo catalán, el de Boí, cuyas iglesias son Patrimonio de la Humanidad desde 2000. La iglesia de Sant Climent de Taüll se consagró el 10 de diciembre de 1123.
Mira el centro: Cristo en majestad, sentado dentro de una mandorla (una almendra de luz, en bandas de colores). Bendice con la derecha y con la izquierda sostiene un libro abierto donde se lee Ego sum lux mundi, «Yo soy la luz del mundo». A su alrededor están los símbolos de los cuatro evangelistas, con ángeles. Debajo, en otra franja, la Virgen y los apóstoles, mucho más pequeños: la escala no indica distancia sino importancia (los historiadores la llaman perspectiva jerárquica). Fíjate en cómo están hechas las figuras: contornos negros gruesos, colores planos en bandas (azul, ocre, rojo, blanco), pliegues de la ropa convertidos en líneas paralelas, ninguna sombra que indique de dónde viene la luz. No es torpeza: es otro objetivo. La pintura no imita lo que ves, presenta lo que es; y viene de Bizancio, cuyo Pantocrátor reconoces en la postura.
Que estas pinturas estén en Barcelona y no en Taüll también es historia del arte. En 1919, las pinturas del ábside de Santa Maria de Mur, en la misma comarca, se arrancaron de su iglesia y se vendieron; hoy están en el Museo de Bellas Artes de Boston. Ante el riesgo de perder el resto, la Junta de Museos de Barcelona compró y trasladó en la campaña de 1919 a 1923 los ábsides del Pirineo, despegándolos de la pared con la técnica del strappo (una tela encolada que arranca la capa pintada). En Taüll queda hoy una réplica. ¿Es mejor ver una obra en su lugar original o conservada en un museo? Es una pregunta que reaparece en Historia pública, memoria y patrimonio (34/97).
Los Beatos: el Apocalipsis en franjas de color
En 776, un monje del monasterio de Liébana, en Cantabria, llamado Beato, escribió un Comentario al Apocalipsis, el último libro de la Biblia, lleno de visiones: jinetes, bestias, ángeles, la Jerusalén celestial. Lo revisó en 784 y 786. Se conservan al menos 32 manuscritos del texto, de los siglos IX al XIII, y unos 26 están ricamente ilustrados: son los Beatos, una de las grandes creaciones de la miniatura medieval, hecha casi entera en los reinos cristianos del norte peninsular. Su estilo suele llamarse mozárabe.
Dos ejemplares te enseñan cómo se trabajaba. El Beato de Gerona, terminado el 6 de julio de 975 para el abad Dominicus, lo iluminaron Emeterio, «monje y presbítero», y Ende, que se nombra en el colofón como «pintora y sierva de Dios», a menudo citada como una de las primeras pintoras de Europa cuyo nombre conocemos. Sigue en la catedral de Gerona. El Beato de Fernando I y Sancha, copiado por Facundo y terminado en 1047 para los reyes de León, tiene casi un centenar de miniaturas y está en la Biblioteca Nacional de España.
Mira el fondo. No hay cielo ni suelo: hay franjas horizontales de color puro, amarillo, naranja, crema (en un lector de tinta electrónica las verás como bandas de grises). Las figuras no proyectan sombra y no están «en» ningún lugar; flotan sobre el color. Los caballos tienen patas en posiciones imposibles, como de baile, y uno lleva manchas como un dibujo textil. Cada jinete lleva su atributo del texto bíblico (el arco, la espada, la balanza) y un rótulo en latín que cita el texto bíblico. Es una página para leer y memorizar, no una ventana: el contrario exacto de lo que buscará el Renacimiento.
El gótico: la luz como argumento
El gótico tiene fecha y lugar de nacimiento, cosa rara en la historia de los estilos. Suger, abad de Saint-Denis, al norte de París, rehízo la cabecera de su iglesia entre 1140 y 1144; se dedicó el 11 de junio de 1144 ante el rey. Suger había leído al Pseudo-Dionisio Areopagita, un autor cristiano que entendía a Dios como luz y el mundo como una escalera de luces (ver Filosofía antigua y medieval, 34/74), y quiso una iglesia que brillara con lo que él llamó «la luz admirable e ininterrumpida» de sus vidrieras. Para eso combinó tres soluciones técnicas que ya existían por separado:
- El arco apuntado, formado por dos arcos de círculo que se cortan en una punta. Empuja menos hacia los lados que el de medio punto y, sobre todo, permite elegir la altura.
- La bóveda de crucería: en lugar de un medio cilindro continuo, unos nervios de piedra que se cruzan en diagonal y concentran el peso en unos pocos puntos.
- Los contrafuertes por fuera y, poco después, los arbotantes, arcos exteriores que recogen el empuje de las bóvedas altas y lo llevan al suelo. La catedral de Chartres fue de las primeras en usarlos de forma sistemática.
Si el peso baja por unos pocos puntos, el muro deja de cargar, y el muro que no carga se puede abrir. Esa es toda la lógica del gótico: no es que «se volvieron más altos por fe», es que una estructura distinta permitió cambiar piedra por vidrio. El interactivo te muestra el truco geométrico del arco apuntado.
Geometría de un tramo rectangular de bóveda de crucería: arco del ancho, arco del largo y nervio diagonal. Con arcos de medio punto, la altura de cada arco es la mitad de su luz. Con arcos apuntados (dos centros), el radio se elige para que los tres lleguen a la altura del nervio diagonal, que aquí se toma como medio punto. Es un modelo geométrico: no calcula empujes ni cargas.
Con medio punto, tres arcos de luces distintas terminan a tres alturas distintas, y cubrir un tramo rectangular obliga a peraltar, deformar o renunciar. Con arcos apuntados, cada uno se «estira» hasta la misma altura: los tramos pueden ser rectangulares, la nave puede ser más ancha o más estrecha, y la estructura se vuelve un esqueleto regular. Por eso el arco apuntado, que ya existía en la arquitectura islámica (el arquitecto inglés Christopher Wren lo señalaba en el siglo XVII para negar que el estilo viniera de los godos), se volvió la pieza clave.
Chartres se quemó el 10 de junio de 1194; solo se salvaron la cripta, las torres y la fachada oeste. La reconstrucción fue rapidísima: el tejado estaba puesto hacia 1220 y la catedral se consagró en 1260. Conserva la mayor parte de su vidriera original; la más famosa, la Virgen llamada de la Belle Verrière, tiene una parte superior de hacia 1180 que sobrevivió al incendio, y por su color se la conoce también como la «Virgen Azul». En la península, el gótico de la luz llegó a su extremo en León.
Fíjate en la proporción: arriba casi no hay muro. Los ventanales de la cabecera ocupan todo el espacio entre los pilares, y la piedra se reduce a nervios y columnillas. En la foto dominan los azules y los rojos, y desde abajo convierten la luz del día en una luz de color que no existe fuera. A la catedral la llaman Pulchra Leonina, «la bella leonesa». Esa audacia tuvo un precio: la piedra era de mala calidad, el suelo escondía restos romanos y la bóveda del crucero se derrumbó en parte en 1631. En el siglo XIX hubo que desmontarla y sostenerla con cimbras durante años (Juan de Madrazo las retiró en 1878), y la catedral no volvió al culto hasta 1901. La materia te enseña a ver en un edificio gótico tanto una idea teológica como un problema de ingeniería.
Clasifica cada rasgo según lo que explica la pieza. Algunos rasgos no sirven para distinguir.
Mudéjar: el arte del vencido en las casas del vencedor
Cuando los reinos cristianos avanzaron hacia el sur, muchos musulmanes se quedaron a vivir bajo su gobierno: se les llamó mudéjares. Y muchos de los edificios cristianos de los siglos XII al XVI se construyeron y decoraron con técnicas del mundo islámico. La palabra «arte mudéjar» la acuñó el historiador José Amador de los Ríos en 1859, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, «El estilo mudéjar, en arquitectura». Es, otra vez, una etiqueta del siglo XIX, y la disciplina discute qué nombra: para unos es la prolongación del arte islámico en territorio cristiano; para otros, un periodo del arte cristiano con decoración islámica, hecha por mudéjares, por moriscos y también por cristianos que aprendieron esas técnicas.
Sus materiales son pobres y su efecto, rico: ladrillo, yeso, cerámica vidriada y madera. Con ladrillo se levantan torres decoradas con relieves geométricos; con madera se hacen las armaduras y los alfarjes, techos de piezas ensambladas que dibujan estrellas (los famosos artesonados).
Mira cómo el ladrillo, un material barato, se vuelve ornamento: hiladas que sobresalen para formar rombos (la red de rombos se llama sebka), arquillos que se cruzan, y platos y columnillas de cerámica verde y blanca incrustados que brillan al sol. Por dentro, la torre son dos torres, una dentro de otra, con la escalera entre ambas: una estructura que viene de los alminares. Es la torre de una iglesia cristiana hecha con la gramática de una mezquita.
El caso más elocuente está en Sevilla. Pedro I de Castilla rehízo el palacio del Alcázar entre 1364 y 1366, probablemente con artesanos enviados por su aliado Muhammad V de Granada (el mismo de la fachada de Comares) y con carpinteros de Toledo. Sus paredes tienen inscripciones en árabe que lo llaman «sultán». Un rey cristiano eligió, para mostrar su poder, el lenguaje visual del reino musulmán vecino: lo mudéjar no era el arte de los vencidos, sino el arte de prestigio.
Y cruzó el Atlántico. Hay techumbres mudéjares en la catedral de Tlaxcala (México), en las iglesias de San Francisco y de la Concepción de Bogotá, bóvedas en el convento de San Francisco de Quito, y una torre mudéjar en Cali. Esa historia sigue en Arte virreinal: el barroco de las Américas (34/104).
Lo que un graduado ve sin pensarlo
- Una obra medieval casi nunca es de una sola época: Santa Sofía, la Mezquita de Córdoba o un ábside trasladado son capas que hay que separar.
- Un icono no es un retrato: es una imagen que te mira de frente, y su teología («el honor pasa de la imagen a su modelo», Nicea, 787) explica su forma.
- «El islam prohíbe las imágenes» es falso tal cual: el arte islámico religioso es anicónico; el palaciego y el de los libros, muchas veces no.
- Donde falta la figura, mandan la palabra y la geometría: la caligrafía se contempla, y las estrellas salen de un círculo dividido con regla y compás.
- Contar «grupos de simetría» depende del criterio; los artesanos pensaban en reglas de construcción y de color, no en teoremas.
- El románico es muro: bóveda de cañón, ventanas pequeñas y paredes pintadas con figuras planas, contornos negros y escala de importancia.
- El gótico es esqueleto: arco apuntado, crucería y arbotante concentran el peso y dejan el muro libre para el vidrio.
- Las etiquetas de estilo («gótico», «románico», «mudéjar») son posteriores a las obras y a veces nacieron como juicios.
- Lo mudéjar era arte de prestigio: reyes cristianos lo eligieron para sus palacios, y viajó a América.
- Que una obra esté en un museo lejos de su lugar también es parte de su historia, y se puede contar.
Dónde aparece después
- Renacimiento y Barroco (34/103): la ventana de Alberti contra la página dorada del icono, y el decreto de Trento que repite la idea de Nicea; El Greco empezó como pintor de iconos en Creta.
- Arte virreinal: el barroco de las Américas (34/104): techumbres mudéjares, conventos y una tradición de imágenes devocionales que cruzó el océano.
- El mundo medieval, 500–1500 (34/93) y Filosofía antigua y medieval (34/74): el contexto político de los tres mundos, y la filosofía de la luz detrás de Saint-Denis.
- Historia pública, memoria y patrimonio (34/97): el debate sobre arrancar pinturas para salvarlas, sobre los usos de la Mezquita-Catedral y de Santa Sofía, y sobre quién decide qué es un monumento.
- En tu trabajo: la conservación y la restauración, la museografía, el turismo cultural y la gestión del patrimonio (Córdoba, Granada, Santiago y León reciben multitudes de visitantes) necesitan a alguien que sepa leer las capas de un edificio.
Si quieres profundizar
- 📘 Libro (en español). E. H. Gombrich, La historia del arte (Phaidon; traducción de Rafael Santos Torroella). La introducción más leída del mundo; sus capítulos sobre Bizancio, el islam, el románico y el gótico son el mejor primer paso.
- 📘 Libro (en español). Oleg Grabar, La formación del arte islámico (Cátedra, 1979). Un clásico sobre cómo nació un arte nuevo a partir de las herencias romana, bizantina y persa.
- 📄 Artículo (en inglés, gratis). Branko Grünbaum, «What Symmetry Groups Are Present in the Alhambra?», Notices of the AMS 53(6), 2006. Cuatro páginas, con fotos, sobre cómo contar (y cómo no contar) simetrías.
- 🌐 Recurso gratis. La ficha del ábside de Sant Climent de Taüll en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, con imágenes y descripción del conjunto.
- 🌐 Curso de bajo costo, en español. Arte Medieval, de la Universidad de Palermo (Argentina), parte del programa «Historia del Arte a través del tiempo»: cuatro módulos, de la definición de Edad Media a la llegada del gótico (Coursera: inscribirse es gratis; el acceso completo a materiales y tareas es de pago, con prueba gratuita y ayuda financiera en algunos casos).
Entre el 500 y el 1500, tres tradiciones resolvieron de maneras distintas la misma pregunta: cómo hacer visible lo sagrado. Bizancio lo hizo con la cúpula que flota y el icono que mira, defendido con una teología de la imagen. El islam religioso lo hizo sin figuras, con la palabra escrita y la geometría, y el islam palaciego no renunció a ellas. La Europa latina pasó del muro pintado del románico al esqueleto de vidrio del gótico, mientras el mudéjar mezclaba lo cristiano y lo islámico en un mismo ladrillo. Y casi cada obra que ves hoy es un conjunto de capas: de épocas, de usos y de viajes.
Prueba esto: elige un edificio antiguo de tu ciudad (una iglesia, una mezquita, un convento, una estación) y busca tres capas: qué parte es la original, qué se añadió después y qué cambió de uso. Si puedes, entra y mira hacia arriba: ¿el techo descansa sobre muros o sobre un esqueleto?
Fuentes. Procopio, Sobre los edificios I.1, trad. inglesa de H. B. Dewing (Loeb, 1940), en LacusCurtius; Segundo Concilio de Nicea (787), según Wikipedia, «Byzantine Iconoclasm»; Branko Grünbaum, «What Symmetry Groups Are Present in the Alhambra?», Notices of the AMS 53(6), 2006, pp. 670–673; Edith Müller, tesis doctoral, Universidad de Zúrich, 1944 (citada por Grünbaum); ficha del Museu Nacional d'Art de Catalunya, «Paintings from Sant Climent de Taüll», inv. 015966-CJT; datos de colección de The Metropolitan Museum of Art (API abierta) del folio del Corán azul (n.º 454662). Wikipedia (consultada el 3 de noviembre de 2026), como compilación de fuentes primarias: «Hagia Sophia», «Christ Pantocrator (Sinai)», «Byzantine Iconoclasm», «Aniconism in Islam», «Qusayr 'Amra», «Pyxis of al-Mughira», «Blue Quran», «Mosque–Cathedral of Córdoba», «Alhambra», «Comares Palace», «Santiago de Compostela Cathedral», «Sant Climent de Taüll», «Beatus of Liébana», «Beato de Gerona» (en español), «Basilica of Saint-Denis», «Chartres Cathedral», «Catedral de León» (en español), «Gothic architecture», «Arte mudéjar» (en español), «Mudéjar Architecture of Aragon», «Alcázar of Seville». Beato de Facundo (Vitr. 14-2, 1047, 98 miniaturas): descripciones editoriales de los facsímiles de Patrimonio Ediciones y M. Moleiro. Torre de El Salvador: Turismo de Aragón y spain.info. Traslado de las pinturas del Pirineo (1919–1923) y venta de las de Mur: MNAC y Enciclopèdia Catalana.
- 📘 Gombrich, La historia del arte (Phaidon)
- 📘 Grabar, La formación del arte islámico (Cátedra)
- 📄 Grünbaum, «What Symmetry Groups Are Present in the Alhambra?» (gratis, en inglés)
- 🌐 MNAC, Sant Climent de Taüll (gratis)
- 🌐 Arte Medieval, Universidad de Palermo (Coursera, en español, de bajo costo)