El 17 de diciembre de 1790, unos obreros que empedraban la plaza mayor de la Ciudad de México dieron con un disco de basalto de unos 3.6 metros de diámetro. Cuatro meses antes, en la misma obra, había salido de la tierra una escultura de unos dos metros y medio: una figura con falda de serpientes, collar de manos y corazones y, en lugar de cabeza, dos serpientes enfrentadas. Las dos piezas eran mexicas. Las autoridades decidieron cosas muy distintas con cada una: la diosa volvió a enterrarse en el patio de la Universidad, donde no se la pudiera ver; el disco se empotró en la torre poniente de la catedral, a la vista de todos, y ahí estuvo hasta 1885.
En 1792 el astrónomo Antonio de León y Gama publicó un libro sobre «las dos piedras» y leyó el disco como un instrumento para contar el tiempo. Durante más de un siglo se le llamó «el Calendario Azteca», y el nombre sigue en camisetas y monedas. Hoy el Museo Nacional de Antropología, donde está desde 1964, considera más probable que fuera un recipiente ceremonial o un altar para el sacrificio llamado gladiatorio. El disco no cambió: cambió la manera de mirarlo.
Esa es la materia en pequeño. El arte de la América antigua llega a nosotros sin manual de instrucciones: casi nada se hizo para colgarse en una pared, gran parte se hizo para enterrarse, y mucho de lo que vemos en los museos salió de la tierra sin que nadie anotara dónde estaba. Esta pieza te da el oficio de quien lo estudia: qué preguntas hacer, con qué pruebas responderlas y qué no confundir. No repite la introducción más suave de la colección, Antes de Colón: Las Grandes Civilizaciones (06/01), que presenta a mayas, mexicas e incas; aquí se trata de cómo se mira lo que hicieron.
- Quién la cursa
- Estudiantes de Historia del Arte en el primer año. Es materia obligatoria o muy común en las carreras de América Latina (en algunos planes se llama «Arte prehispánico» o «Arte precolombino») y optativa en muchas de España. También la toman estudiantes de Arqueología, Antropología e Historia.
- Para qué sirve
- Para mirar objetos hechos con fines rituales y políticos sin forzarlos a las categorías del arte europeo, y para saber de dónde sale cada cosa que se afirma de ellos: una excavación, una inscripción, una crónica, un análisis de laboratorio o una comparación.
- Viene después de
- Cómo mirar una obra de arte (34/99) y Arte de la Prehistoria y la Antigüedad (34/100), que enseñan las herramientas de análisis y el problema de fechar y atribuir obras sin autor conocido.
- Lleva a
- Arte virreinal: el barroco de las Américas (34/104), donde estos mismos talleres y tradiciones siguen trabajando después de 1521 y 1532; Arte de Asia, África y Oceanía (34/105), que comparte el problema de la palabra «arte»; Historia pública, memoria y patrimonio (34/97), para las restituciones; y Arte contemporáneo, museos y mercado (34/109), para el saqueo y el mercado de antigüedades. En la carrera de Historia, conversa con El mundo antiguo (34/91).
- Qué te da esta pieza
- No te vuelve especialista en ninguna cultura. Sí te da un mapa de tres grandes regiones (Mesoamérica, los Andes y el área colombiana), las obras que todo graduado conoce, y un método para preguntar quién hizo algo, para qué y cómo lo sabemos.
¿Arte? El problema de la palabra y el problema del contexto
Empecemos por lo incómodo. Ninguna de las lenguas de los pueblos que hicieron estas obras tenía una palabra que equivaliera exactamente a «arte» en el sentido moderno: objetos hechos sobre todo para ser contemplados. En náhuatl, la palabra tolteca nombraba a los antiguos toltecas y, por extensión, al artesano hábil, al que sabía hacer bien las cosas; el historiador mexicano Miguel León-Portilla dedicó a esa idea su libro Toltecáyotl (1980). Es una pista: lo que valoraban era la maestría del hacer, no la separación entre «arte» y «artesanía».
Casi todo lo que verás en esta pieza se hizo para algo: para volver presente a un gobernante, para hablar con los dioses, para acompañar a un muerto, para llevar una cuenta. Muchas obras se hicieron para no verse: ofrendas enterradas bajo un templo, mantos que envolvían un cuerpo en una tumba, figuras de oro arrojadas a una laguna. Llamarlas «arte» no es un error, porque tienen forma, intención y oficio, pero obliga a añadir siempre una pregunta: ¿para qué y para quién se hizo esto, y dónde estaba?
Dos palabras más del vocabulario de la carrera. Precolombino o prehispánico nombra lo anterior a la llegada europea, y las dos palabras miden ese mundo por su final; muchos especialistas prefieren nombrar la región y el período. Mesoamérica es un término que propuso en 1943 el etnólogo Paul Kirchhoff para el área cultural que va, a grandes rasgos, del centro de México a Centroamérica, cuyos pueblos compartían rasgos como el juego de pelota, un calendario ritual de 260 días combinado con uno de 365 y los libros plegados. La otra gran región de esta materia son los Andes centrales (hoy Perú, Bolivia y partes de Ecuador, Chile y Argentina); en medio, el área intermedia o istmo-colombiana, famosa por su orfebrería.
El segundo problema es el contexto. Un objeto excavado por arqueólogos llega con datos: a qué profundidad estaba, junto a qué, en qué edificio, con qué otros objetos. Un objeto saqueado llega solo. Para las vasijas retrato moche, que verás más adelante, se calcula que alrededor del 95 % de las que se conocen salió de manos de saqueadores y no de excavaciones. Lo que se pierde no es el objeto, sino la mitad de lo que podría decirnos. Por eso el segundo interactivo de esta sección separa, para cada obra de esta pieza, cuatro cosas: para qué se hizo, quién la hizo, cómo lo sabemos y qué se perdió.
Fechas aproximadas, en el sentido en que las usan los manuales (fuentes al final); los especialistas discuten los límites de cada cultura, y una barra no significa un Estado unificado. Colores: azul, Mesoamérica; ocre, Andes; verde, área colombiana. «Quimbaya temprano» y «Muisca» siguen las fechas que el Met da a sus piezas.
Mueve el año y fíjate en dos cosas. Primera: cuando se construía la Gran Pirámide de Guiza, hacia 2560 a. C., ya había ciudades con plazas y pirámides en Caral, en la costa norte de Perú. Segunda: estas culturas no se suceden en fila. En el año 500 d. C. conviven Teotihuacan, las ciudades mayas, los moche, los nazca, Tiwanaku y los orfebres quimbaya, cada cual con su propio estilo. «La América antigua» no es una época: son muchas historias paralelas.
Son las ocho obras con imagen en esta pieza, más el códice. Cada dato viene de la ficha del museo que la conserva o de las fuentes citadas al final. «Qué se perdió» no es una acusación a nadie: es lo que falta para responder las otras tres preguntas.
Olmecas y Teotihuacan: piedra a escala de ciudad
Los olmecas vivieron en las tierras bajas de la costa del Golfo, en lo que hoy son Veracruz y Tabasco, aproximadamente entre 1200 y 400 a. C. Se conocen diecisiete cabezas colosales de cuatro sitios de esa región, la mayoría talladas en basalto de la sierra de los Tuxtlas y llevadas a San Lorenzo y La Venta desde más de 150 kilómetros, sin animales de tiro ni rueda. Miden entre 1.17 y 3.4 metros. La interpretación más extendida es que retratan a gobernantes vivos o recién muertos: cada una tiene rasgos propios, un tocado distinto y orejeras diferentes. Las de San Lorenzo ya estaban enterradas hacia el año 900 a. C., así que se hicieron antes.
Mírala como un retrato, no como un «tipo». Fíjate en el ceño fruncido, en las arrugas bajo los ojos y en los pliegues junto a la nariz: el catálogo de las cabezas describe a esta como la de un hombre mayor. Fíjate en el tocado, que parece una red unida con cuentas, distinto del de otras cabezas. Y piensa en lo que no ves: varias cabezas se tallaron rehaciendo monumentos anteriores, y al menos dos de las de San Lorenzo habían sido antes tronos. Esta la excavaron en 1965 Luis Aveleyra y Román Piña Chan.
Una advertencia que todo graduado repite: desde el siglo XIX se ha dicho que las cabezas tienen rasgos «africanos» y que prueban un contacto transatlántico. Los especialistas en arqueología mesoamericana, como Richard Diehl y Ann Cyphers, no toman en serio esa idea: los rasgos de las cabezas son los de la gente de la región, y no hay ninguna prueba arqueológica de ese contacto.
Teotihuacan, en el valle de México, se fundó hacia el año 100 a. C. y fue una de las ciudades más grandes del mundo en su tiempo: se calcula que llegó a tener unos 100,000 habitantes. Su nombre es náhuatl y se lo dieron los mexicas siglos después de su caída («donde nacieron los dioses», en la traducción más común); el nombre original no se conoce. Hacia el año 550 sus edificios principales fueron saqueados e incendiados. Su Pirámide del Sol mide unos 65 metros de altura, y la ciudad es patrimonio mundial de la UNESCO desde 1987.
Fíjate primero en el perfil de cada piso: un muro inclinado (el talud) y encima un panel vertical enmarcado (el tablero). Ese «talud-tablero» es la firma de Teotihuacan y aparece en sitios lejanos que la imitaban. Luego mira las cabezas que se alternan: la serpiente emplumada, con su collar de plumas, y otra cabeza de forma cuadrada con anillos en los ojos, que unos identifican con Tláloc, dios de la lluvia, y otros con un tocado de guerra en forma de serpiente. Lo que no ves: en la Antigüedad toda la pirámide estaba pintada, con fondo azul. Una plataforma añadida en el siglo IV la tapó en parte. Bajo el templo se encontraron más de un centenar de víctimas de sacrificio (las cifras publicadas varían), y en 2003 los arqueólogos del INAH Sergio Gómez Chávez y Julie Gazzola descubrieron por accidente un túnel debajo de él.
Los mayas: reyes que firmaban en piedra y libros que sobrevivieron
Los mayas del período clásico (aproximadamente 250–900 d. C.) vivían en decenas de ciudades-Estado en el sureste de México, Guatemala, Belice y partes de Honduras y El Salvador. Para la historia del arte tienen una ventaja enorme: escribían. Sus monumentos llevan fechas, nombres, títulos y a veces la firma de quien los talló. El Met de Nueva York conserva un relieve pintado del año 770 firmado por su escultor, Chakalte'. Que un escultor firme cambia la pregunta de «qué cultura hizo esto» a «quién lo hizo».
Leer esos textos costó un siglo. En 1952 el lingüista soviético Yuri Knórozov propuso que el llamado «alfabeto» que el obispo Diego de Landa había anotado en el siglo XVI era en realidad un silabario. A finales de los años cincuenta, la investigadora Tatiana Proskouriakoff, nacida en Rusia y formada en Estados Unidos, notó que las fechas de los monumentos de Piedras Negras (Guatemala) se agrupaban como las etapas de una vida: nacimiento, entronización, muerte. Las estelas no hablaban sólo de dioses y astros, como se creía: contaban la historia de reyes y reinas. En 1973, en la primera Mesa Redonda de Palenque, Linda Schele, Floyd Lounsbury y Peter Mathews reconstruyeron en una tarde casi toda la lista de reyes de Palenque. Hoy más del 90 % de los textos mayas se puede leer con razonable seguridad.
Esta estela celebra el final de un período de veinte años, el k'atun, y retrata a una mujer de la dinastía de Calakmul, identificada como la señora K'abel, que gobernó El Perú-Waka', en el Petén guatemalteco, junto a su esposo, K'inich B'ahlam II, entre 672 y 692. Lleva un título de jefe militar supremo que su marido no tenía. Mira el enorme tocado de plumas, la red de cuentas (probablemente de jade) sobre el vestido, el cetro y el escudo: cada objeto es un argumento sobre su poder. Los bloques de glifos dan las fechas. Según el museo, la estela estaba en una plaza junto al retrato de su esposo. Un saqueador la encontró en los años sesenta y el museo la compró en 1967 a un comerciante de Nueva York; en 2012, un equipo dirigido por David Freidel encontró en la pirámide principal de El Perú una tumba que se identificó como la suya. El objeto está en Ohio; su contexto, en Guatemala.
Las fechas de las estelas se escriben en la Cuenta Larga: el número de días transcurridos desde un día cero que los mayas situaban en el año 3114 a. C. Es un sistema posicional, como el nuestro, pero en base veinte con una excepción: 20 días forman un winal, 18 winales un tun (360 días), 20 tunes un k'atun y 20 k'atunes un b'ak'tun. Cada cifra se escribe con puntos (uno) y barras (cinco).
Un ejemplo con números. El rey Pakal de Palenque, cuya tumba encontró en 1952 el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier en el interior del Templo de las Inscripciones, murió en 9.12.11.5.18: 9 × 144,000 + 12 × 7,200 + 11 × 360 + 5 × 20 + 18 = 1,386,478 días desde el día cero. Con la correlación GMT eso cae el 29 de agosto de 683 en nuestro calendario gregoriano (26 de agosto en el juliano que usaban los europeos de entonces). La misma inscripción da el día en los otros dos calendarios: 6 Etz'nab', en la cuenta ritual de 260 días, y 11 Yax, en el año de 365. El interactivo hace la cuenta para cualquier fecha.
Las fechas de ejemplo de Pakal son las que da su biografía de referencia (Wikipedia, «K'inich Janaab' Pakal»). Los nombres de los días y meses siguen la ortografía maya moderna. Las fechas anteriores a 1582 se dan en el calendario gregoriano extendido hacia atrás (proléptico) y también en el juliano. El cero maya, una concha, aquí se dibuja como un óvalo.
Prueba el botón «Fin de k'atun de 692»: 9.13.0.0.0 cae el 16 de marzo de 692 con la correlación GMT, y es el único final de k'atun de ese año. Por eso una estela fechada en 692 «para marcar un k'atun», como la de Cleveland, apunta a ese día. Así razona un epigrafista: con aritmética.
La pintura maya mejor conservada no está en un libro sino en un edificio. En Bonampak, en la selva de Chiapas, tres cuartos de un pequeño templo están cubiertos de murales de finales del siglo VIII. Los vieron por primera vez personas de fuera en 1946, guiadas por mayas lacandones, y se leen como una historia en tres actos: en el primer cuarto, la presentación de un heredero ante la corte; en el segundo, una batalla y la exhibición de los cautivos; en el tercero, una celebración con danzantes y un ritual de autosacrificio. Los colores se han oscurecido y en parte borrado; en 1996 un proyecto de documentación fotografió y reconstruyó las escenas para poder estudiarlas.
De los libros mayas, que se pintaban sobre papel de corteza de higuera (amate) cubierto de estuco y se plegaban como acordeón, sobreviven cuatro. Diego de Landa ordenó reunir y quemar los que pudo encontrar en Yucatán, y la humedad hizo el resto. Los cuatro son el Códice de Dresde, el de Madrid, el de París y el Códice Maya de México, conocido antes como Grolier, que apareció en los años sesenta tras un saqueo, se exhibió en Nueva York en 1971, se discutió durante décadas y en 2018 el INAH lo declaró auténtico; sus fechas de radiocarbono lo sitúan en los siglos XI o XII, lo que lo volvería el libro más antiguo que se conserva de América. Hoy se guarda en la Biblioteca Nacional de México.
No hace falta leer glifos para ver la estructura: filas de barras y puntos, algunas en rojo y otras en negro, como columnas de una hoja de cálculo. Son tablas que predicen eclipses; otras páginas del mismo libro siguen el ciclo de Venus. El bibliotecario alemán Ernst Förstemann publicó en 1880 la primera reproducción completa y descifró los números y su relación con la Cuenta Larga; fue la primera puerta que se abrió en la escritura maya. Y mira la última página, roja, con agua que cae: no todo es astronomía. El códice llegó a Dresde porque el director de la biblioteca real, Johann Christian Götze, lo compró en Viena en 1739; cómo llegó a Viena no se sabe. En febrero de 1945, en los días del bombardeo de Dresde, sufrió daños graves por agua.
Los mexicas: la Piedra del Sol no es un calendario
Los mexicas fundaron Tenochtitlan en una isla del lago de Texcoco en el siglo XIV (la fecha tradicional es 1325) y en el siglo XV encabezaron, con Texcoco y Tlacopan, la alianza que dominó buena parte de Mesoamérica. Su escultura monumental es de las más estudiadas del continente porque, a diferencia de la olmeca, la conocemos también por textos: crónicas de frailes y, sobre todo, lo que escribieron los propios nahuas después de la conquista. La obra clave es el Códice Florentino, la enciclopedia en náhuatl y español, con más de 2,000 ilustraciones en doce libros, que el franciscano Bernardino de Sahagún elaboró durante décadas con sabios nahuas y antiguos alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Se conserva en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia.
Mírala de dentro hacia fuera. En el centro, un rostro con la lengua como un cuchillo de pedernal; alrededor, cuatro recuadros que, junto con el signo central, forman la fecha «4 Movimiento». Luego, un anillo con veinte signos pequeños; después, puntas como rayos; y en el borde, dos serpientes de fuego cuyas cabezas se encuentran abajo. Y una cosa que ya no se ve: un estudio de 1939 de Roberto Sieck Flandes encontró restos de pintura azul, roja, verde y amarilla. Como casi toda la escultura antigua, estuvo pintada.
¿Por qué no es un calendario? Porque un calendario permite llevar la cuenta de los días, y esta piedra no tiene con qué hacerlo: el anillo de veinte signos alude al tiempo (son los veinte nombres de los días), pero no hay cuenta de 365 días ni manera de saber «qué día es hoy». Lo que sí tiene es una historia cósmica: los cuatro recuadros son las cuatro eras o «soles» anteriores, destruidas una tras otra, y el signo central nombra la era presente. Y tiene política: el glifo del nombre de Moctezuma II en el disco central permite fecharla entre 1502 y 1520. El interactivo recorre la piedra anillo por anillo; el dibujo es un esquema, no la piedra.
Esquema simplificado (no a escala) para orientarte. Identificaciones según el Museo Nacional de Antropología y la bibliografía resumida en las fuentes; donde los especialistas discrepan, se dice.
La otra piedra de 1790, la Coatlicue, también está hoy en el Museo Nacional de Antropología. Es una figura de unos 2.5 metros con falda de serpientes, collar de corazones, manos y una calavera, garras en manos y pies, y en lugar de cabeza dos serpientes enfrentadas que representan la sangre que brota del cuello cortado. Que en 1790 la enterraran de nuevo y que a principios del siglo XIX se desenterrara para que Alexander von Humboldt la estudiara cuenta mucho de cómo se miraba: era a la vez un ídolo peligroso y un documento de la historia antigua.
La gran revelación mexica del siglo XX vino también de una obra pública. El 21 de febrero de 1978, trabajadores de la compañía de luz que cavaban en el centro de la Ciudad de México toparon con un disco de piedra de más de 3.25 metros: la diosa Coyolxauhqui desmembrada, hermana de Huitzilopochtli. De 1978 a 1982, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma dirigió la excavación del Templo Mayor, que había sido reconstruido seis veces (siete etapas) y guardaba más de 7,000 objetos, la mayoría ofrendas. Ahí está la mejor lección de contexto de la materia: cada ofrenda se registró capa por capa, y por eso sabemos qué se enterraba junto a qué.
Los Andes: tejido, retrato y piedra
En los Andes centrales la historia empieza antes. Caral, en el valle de Supe, en la costa de Perú, tenía plazas y construcciones monumentales desde hacia 3000 a. C., y se considera hoy la civilización más antigua conocida de América. Siglos después, Chavín de Huántar (la cultura floreció aproximadamente entre 900 y 250 a. C.), un templo a 3,180 metros de altura en la sierra norte, irradió un estilo religioso por buena parte del Perú: en el centro de sus galerías subterráneas, oscuras y laberínticas, se alza el Lanzón, una estela de más de cuatro metros, tallada con una figura de rasgos humanos y colmillos de felino, que se considera la imagen principal del sitio. Es patrimonio mundial de la UNESCO desde 1985.
Ahora una advertencia que cambia cómo se mira el arte andino: aquí el gran arte no es la pintura sino el tejido. Los tejidos eran riqueza, regalo diplomático, ofrenda y vestido de los muertos. En la península de Paracas, en la costa sur, Tello excavó en los años veinte tumbas con cientos de fardos funerarios: cuerpos sentados envueltos en capas y capas de tela. El clima seco los conservó con colores que parecen recién teñidos.
Mira la cuadrícula: las aves bicéfalas bordadas se alternan sobre el fondo verde como en un tablero, y la cenefa roja las enmarca. En blanco y negro no lo verás, así que lo dice el texto: el bordado es rojo, azul, amarillo y verde sobre un fondo verde oscuro casi negro. Ahora piensa en el tiempo: el bordado suma miles de puntadas de hilo de camélido teñido, y el manto mide casi tres metros. Qué significaba el ave de dos cabezas sigue sin saberse.
Los nazca (hacia 100 a. C.–800 d. C.), herederos de Paracas en la misma costa sur, siguieron esa tradición textil, hicieron cerámica policroma de muchos colores y trazaron en el desierto las líneas y figuras gigantes que hoy son su imagen más conocida. En la costa norte, los moche (hacia 100–800 d. C.) hicieron algo único en la América antigua: retratos.
Esto no es una cara genérica: es una persona. Fíjate en la forma particular de la nariz y de la boca, en la mirada serena, en que nada está idealizado. El museo señala dos detalles: los dos pares de orejeras y el mechón sobre la frente, que llevan también algunas figuras de prisioneros moche; por eso propone que podría retratar a un cautivo importante. El arqueólogo Christopher Donnan, en Moche Portraits from Ancient Peru (2004), comparó cientos de retratos y encontró a los mismos individuos representados varias veces y a distintas edades: a uno, que llamó «Labio Cortado» por una cicatriz, lo siguió en más de cuarenta vasijas, de niño a adulto. Algunos de los retratados aparecen también como prisioneros. La universidad UCLA ha fotografiado más de 900 vasijas retrato; alrededor del 95 % salió de saqueos. Sin las que sí se excavaron, como las de las tumbas reales de Sipán que Walter Alva excavó desde 1987, no sabríamos casi nada de quiénes eran.
En el altiplano, junto al lago Titicaca, Tiwanaku (hacia 500–1000 d. C.) construyó con bloques megalíticos y portadas talladas en una sola piedra, como la llamada Puerta del Sol. Y luego los incas, que en apenas un siglo, desde mediados del siglo XV, armaron el Estado más extenso de la América antigua. Su gran arte fue la arquitectura en piedra: muros de bloques que encajan sin argamasa, como la piedra de los doce ángulos, de diorita, en la calle Hatun Rumiyoc del Cuzco. Ese muro era del palacio atribuido al inca Roca y hoy sostiene el Palacio Arzobispal: la ciudad colonial se levantó literalmente sobre la inca (lo verás en Arte virreinal, 34/104). Las túnicas incas, con sus cuadrículas de pequeños motivos geométricos llamados tocapu, eran tan importantes como los muros: el tejido fino era un bien del Estado.
El quipu: un archivo de cuerdas
Los incas no escribían con signos sobre una superficie, pero llevaban registros: el quipu (khipu, «nudo» en quechua), un conjunto de cuerdas de algodón o lana colgadas de una cuerda principal, con nudos de distintos tipos en distintas alturas. Lo manejaban especialistas, los quipucamayoc. Se conocen hoy algo menos de 1,400 quipus, y en 1583 el Tercer Concilio de Lima mandó quemar algunos por considerarlos idolátricos.
Fíjate en que los nudos no están al azar: en muchas cuerdas aparecen a alturas parecidas, como si hubiera filas. Eso es lo que vio en 1912 el matemático estadounidense Leslie Leland Locke: muchos quipus guardan números en base diez y con valor posicional. Cada altura es una posición (unidades abajo, decenas encima, centenas más arriba); las decenas y posiciones superiores se marcan con grupos de nudos simples; en las unidades, el 1 es un nudo en forma de ocho y del 2 al 9 se usan «nudos largos» con tantas vueltas como el número; el cero es un espacio vacío. Y hay más: algunas cuerdas guardan la suma de otras, como un total de control. El color, la torsión del hilo y la manera de atar también significan algo, y esa parte no se ha leído.
Sistema numérico según Locke (1912) y los estudios posteriores resumidos en las fuentes. Dibujo esquemático: los círculos son nudos simples, el «8» es el nudo en forma de ocho y el óvalo con rayas es un nudo largo (cada raya, una vuelta). La cuarta cuerda, en otro color, es la suma de las tres, como en los quipus que llevan totales.
Pon un 0 en las decenas de una cuerda y mira el hueco: el quipu necesita el espacio vacío igual que nuestro sistema necesita el cero. Y cambia un valor: la cuerda de la suma cambia con él. Un quipucamayoc podía comprobar un registro sumando cuerdas, como un contador comprueba un libro. Que exista una forma de registro tan distinta de la escritura alfabética es una de las grandes lecciones de la materia. Hay quien busca en los quipus algo más que números: la antropóloga Sabine Hyland propuso en 2017 una lectura fonética de unos quipus epistolares de San Juan de Collata, en Perú, que son de época colonial; la propuesta se discute.
El oro de Colombia: tumbaga, ofrendas y El Dorado
En el área que hoy es Colombia, Panamá, Costa Rica y Ecuador se desarrolló una de las orfebrerías más refinadas del mundo antiguo. El Museo del Oro del Banco de la República, en Bogotá, fundado en 1939, tiene unas 55,000 piezas de orfebrería, una de las mayores colecciones del mundo, y unas 6,000 a la vista; la primera de su colección fue un poporo quimbaya.
Un poporo es un recipiente para la cal (de conchas quemadas y molidas) que se llevaba a la boca con un palillo mientras se mascaban hojas de coca, un acto sagrado. Este del Met es parecido al del Museo del Oro, pero no es el mismo. Fíjate en lo liso y pesado de las formas, en la figura de pie con las manos al pecho, y en el brillo uniforme. Ese brillo puede engañar: muchas piezas de la región no son de oro puro sino de tumbaga, una aleación de oro y cobre en proporciones muy variables, que funde a menor temperatura que cualquiera de los dos metales por separado. Para que una pieza de tumbaga pareciera de oro, los orfebres retiraban el cobre de la superficie (lo que hoy se llama dorado por agotamiento) y dejaban una piel de oro casi puro sobre un cuerpo de aleación. El interactivo recorre el proceso.
Esquema del procedimiento descrito en las fuentes sobre la tumbaga y el dorado por agotamiento; las sustancias exactas que usaba cada taller varían y no siempre se conocen. Dibujos simplificados, no a escala.
Esto ayuda a entender lo que se perdió en la conquista: los españoles fundieron en lingotes la mayor parte de las piezas que tomaron. Para ellos el valor estaba en el metal; para quienes las hicieron, en lo que la pieza era y hacía. Muchas figuras muiscas de oro, los tunjos, se hicieron como ofrendas, no como adornos. La pieza más famosa del Museo del Oro, la Balsa Muisca, encontrada en 1969 en una cueva de Pasca (Cundinamarca), muestra a un personaje en una balsa rodeado de acompañantes, y se relaciona con la ceremonia que dio origen al mito de El Dorado: según el cronista Juan Rodríguez Freyle, que la describió en 1636, el nuevo gobernante, cubierto de polvo de oro, ofrecía oro y esmeraldas en la laguna de Guatavita. Si la ceremonia ocurrió tal como se cuenta o la adornaron los españoles es algo que los historiadores discuten. Lo que no se discute es lo que el mito hizo: lanzó expediciones en busca de un reino de oro, y en 1562 se dio licencia para desaguar la laguna.
Un caso abierto: el llamado Tesoro de los Quimbayas, un ajuar funerario hallado por guaqueros cerca de Filandia (en el actual Quindío) hacia 1890, que el gobierno colombiano compró y el presidente Carlos Holguín regaló en 1893 a la reina regente de España. Se exhibe en el Museo de América de Madrid. En mayo de 2024 el gobierno de Colombia pidió formalmente su devolución; la Academia Colombiana de Historia se había opuesto en 2023 a la restitución. Cómo se discuten estos casos lo verás en Historia pública, memoria y patrimonio (34/97).
Lo que un graduado ve sin pensarlo
- Ante un objeto antiguo de América, la primera pregunta no es «¿es bonito?» sino «¿para qué y para quién se hizo, y dónde estaba?». Mucho se hizo para enterrarse, ofrendarse o envolver a un muerto.
- «Arte» es nuestra palabra, no la suya; los nahuas valoraban al tolteca, el que hace bien las cosas. La palabra sirve si no borra la función.
- Un objeto sin contexto de excavación ha perdido la mitad de lo que podía decir. Alrededor del 95 % de los retratos moche conocidos salió de saqueos.
- Las culturas no van en fila: en el año 500 conviven Teotihuacan, los mayas, los moche, los nazca, Tiwanaku y los orfebres quimbaya.
- Los mayas escribían, firmaban y fechaban: una estela se lee como un documento, y la Cuenta Larga se convierte a nuestro calendario con aritmética y una constante de correlación.
- La Piedra del Sol alude al tiempo pero no sirve para contarlo; es un monumento cosmológico y político de la época de Moctezuma II. Un nombre popular puede ser una lectura equivocada.
- En los Andes, el gran arte es el tejido; en el área colombiana, la orfebrería; y casi toda la escultura antigua estuvo pintada.
- Un quipu guarda números en base diez con valor posicional; el hueco es el cero, y algunas cuerdas son sumas de otras.
- El brillo del oro puede ser una piel: la tumbaga se doraba retirando el cobre de la superficie.
Dónde aparece después
- Arte virreinal: el barroco de las Américas (34/104): los plumajeros nahuas que hicieron mosaicos cristianos, los pintores incas del Cuzco, los muros incas bajo los palacios coloniales. La conquista no borró los talleres: los puso a trabajar para otros.
- Arte de Asia, África y Oceanía (34/105): el mismo problema de la palabra «arte» y del «primitivismo» con que Europa miró estas obras.
- Historia pública, memoria y patrimonio (34/97) y Arte contemporáneo, museos y mercado (34/109): restituciones como el Tesoro de los Quimbayas o el penacho que se conserva en Viena, el saqueo y el mercado de antigüedades.
- El mundo antiguo (34/91) y Método histórico y fuentes (34/90): las crónicas y los códices como fuentes, con sus sesgos.
- En tu trabajo: museos y curaduría, arqueología de rescate en obras públicas (como la de 1790 o la de 1978), conservación de textiles y metales, peritaje contra el tráfico ilícito, turismo cultural y docencia.
Si quieres profundizar
- 🌐 Gratis (en inglés). SmartHistory of Art XIa: The Americas before 1500, en LibreTexts: los ensayos de Smarthistory, escritos por especialistas, sobre las obras de esta pieza y muchas más. Es lo más parecido a un curso abierto completo de la materia.
- 🌐 Gratis. Museo Larco (Lima): su sitio, en español, da acceso a su colección de cerámica, textiles y metales del antiguo Perú, con muchas vasijas moche. Y las colecciones abiertas del Cleveland Museum of Art (en inglés) dejan ver y descargar en alta resolución piezas como el manto paracas de esta pieza.
- 📘 Libro (en español). Michael D. Coe, El desciframiento de los glifos mayas (Fondo de Cultura Económica; 1.ª ed. 1995, 2.ª ed. 2010). La historia del desciframiento contada por uno de sus protagonistas, con Knórozov y Proskouriakoff.
- 📘 Libro (en español). Miguel León-Portilla, Toltecáyotl: aspectos de la cultura náhuatl (Fondo de Cultura Económica, 1980). Para la idea nahua del artista y del saber hacer.
- 📘 Libros de texto (en inglés). Mary Ellen Miller, The Art of Mesoamerica: From Olmec to Aztec, y Rebecca R. Stone, Art of the Andes: From Chavín to Inca, ambos de la colección World of Art de Thames & Hudson y con varias ediciones: los dos manuales que más se asignan en los cursos introductorios.
- 📘 Libro (en inglés). Christopher B. Donnan, Moche Portraits from Ancient Peru (University of Texas Press, 2004). El estudio de los retratos y de los individuos que se repiten.
- 📗 Lecturas más suaves de esta biblioteca. Antes de Colón: Las Grandes Civilizaciones (06/01), y las historias condensadas de México (27/02), Perú (27/09) y Colombia (27/10).
El arte de la América antigua se estudia con dos preguntas siempre a mano: para qué y para quién se hizo, y cómo lo sabemos. Las cabezas olmecas son retratos de poder; Teotihuacan es una ciudad pensada como obra; las estelas mayas son documentos fechados y a veces firmados; la Piedra del Sol es un monumento cosmológico que se leyó mal como calendario; en los Andes el arte mayor es el tejido, y el quipu, un archivo; y el oro de Colombia era ofrenda antes que tesoro. Lo que falta, casi siempre, es el contexto que se llevó el saqueo.
Prueba esto: busca en la colección en línea de un museo (el Met, Cleveland, el Museo Larco o el de tu país) una pieza de esta pieza o parecida y lee su ficha buscando tres datos: de dónde dice que viene, cómo llegó al museo (la «procedencia») y si fue excavada. Luego pregúntate cuánto de lo que dice la ficha sabríamos sin ese contexto.
Fuentes. Fichas de obra: Cleveland Museum of Art (1967.29, estela de El Perú-Waka'; 1946.226, manto paracas; 1930.627, vasija retrato moche; 1940.469, quipu); The Metropolitan Museum of Art (1991.419.22, poporo quimbaya; 1979.206.1047, relieve firmado por Chakalte'). Wikipedia (consultada el 3 de noviembre de 2026), como compilación de la bibliografía especializada: «Olmec colossal heads», «Teotihuacan», «Temple of the Feathered Serpent, Teotihuacan», «Mesoamerica», «Maya script», «K'inich Janaab' Pakal», «Dresden Codex», «Maya Codex of Mexico», «Bonampak», «El Perú (Maya site)», «Aztec calendar stone», «Coatlicue», «Templo Mayor», «Florentine Codex», «Chavín de Huántar», «Paracas culture», «Moche portrait vessel», «Quipu», «Gold Museum, Bogotá», «El Dorado», «Tumbaga», «Depletion gilding»; en español, «Piedra de los doce ángulos», «Museo del Oro (Bogotá)» y «Tesoro de los Quimbayas». Reseñas de Christopher B. Donnan, Moche Portraits from Ancient Peru (2004), en Archaeology y caa.reviews. Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras (1792). Cálculos de la Cuenta Larga hechos en esta pieza con la correlación GMT (584,283) y comprobados contra las fechas publicadas de Pakal y del 21 de diciembre de 2012.
- 🌐 SmartHistory of Art XIa: The Americas before 1500 (LibreTexts, gratis, en inglés)
- 🌐 Museo Larco, Lima (gratis, en español)
- 🌐 Cleveland Museum of Art, colección abierta (gratis, en inglés)
- 📘 Michael D. Coe, El desciframiento de los glifos mayas
- 📘 Miguel León-Portilla, Toltecáyotl
- 📘 Mary Ellen Miller, The Art of Mesoamerica; Rebecca R. Stone, Art of the Andes